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Estado Vegetal, germinación de nuevas formas de ser

Estado Vegetal, germinación de nuevas formas de ser

Este texto fue creado en el Taller de Crítica a cargo de Javier Ibacache, el cual forma parte de las actividades de LAB Escénico de Teatro Hoy 2017. Por esto mismo, los comentarios que aparecen a continuación son de exclusiva responsabilidad de su autor, y no corresponden necesariamente a la opinión de Fundación Teatro a Mil.

Por Rodrigo Riveros

Como parte del ciclo Teatro Hoy 2017 se presenta Estado Vegetal, un potente trabajo dirigido por Manuela Infante que tiene en escena a la talentosa Marcela Salinas representando a través de un “monólogo polifónico” (como lo describen ellas mismas) a una variedad de personajes que hablan, en primera instancia, sobre el accidente que sufre un joven motociclista. No obstante, el centro de interés se mueve poco a poco, distanciándose de aquel joven, de los personajes que nos hablan, incluso del ser humano.

El protagonismo le pertenece a las plantas (en plural). Nos parece entenderlas, intuimos que quieren algo, incluso nos ponemos en su lugar. Me parece muy adecuado el termino postantropocéntrico que utiliza Manuela Infante para referirse a la obra. De hecho, no es el primer trabajo donde saca a “lo humano” del centro de la acción. En su montaje anterior, Realismo, ya existe esta intención, dándole importancia a los objetos y su forma de ser en el mundo.

Nos propone un cuestioniamiento a la jerarquía que como seres humanos hemos instaurado para describir todo lo que nos rodea, situándonos, claro está, en la parte más alta de la pirámide. Y lo hacemos sabiendo incluso que en el caso de las plantas están acá desde mucho antes que nosotros, y seguramente lo estarán después. Sabemos también no dependen de nuestra existencia para sobrevivir pero nosotros sí de la de ellas.

Por el contrario, nada de eso parece importarnos mucho. Nuestra razón, nuestro lenguaje y nuestra capacidad para comunicarnos, nos hace sentirnos superiores, pero ¿y si el reino vegetal se comunica? Hace décadas que se investiga la comunicación entre plantas ya sea a través de liberación de químicos o impulsos eléctricos y los resultados son cada vez más sorprendentes.

De hecho, dos referentes teóricos marcaron el proceso de investigación de esta obra: por un lado, el neurobiólogo vegetal Stefano Mancuso que investiga la inteligencia de las plantas, y por otro lado, el filósofo Michael Marder, que plantea la necesidad de pensar en sus derechos. Y esto no es algo que estoy infiriendo, las mismas creadoras lo reconocen y hacen referencia a ellos cada vez que pueden, transparentando la gran influencia que les significó.

Sin embargo, no nos enfrentamos a una traducción de textos teóricos que se ponen en escena. La experiencia que proponen es mucho más compleja que eso. Incluso, es probable que las partes más oscuras de la obra, las más difíciles de decodificar racionalmente, sean las fundamentales para hacernos sentir cercanía con lo vegetal, conectándonos con algo que generalmente se nos escapa.

Las voces que se multiplican en este monologo polifónico, las luces que mueven al humano en el escenario, el diseño sonoro, la misma presencia de las plantas nos invitan a esto. De una forma muy estratégica, nos seduce poco a poco a través de personajes mundanos, cotidianos y cercanos, que incluyen en su discurso muchas dudas, teorías, conocimiento popular, relatos, dichos, modismos donde lo vegetal es protagonista. Hasta que logra germinar en nosotros una nueva forma de mirar.

En mi caso despertó una curiosidad infinita sobre este tema, logrando que moviera el enfoque, el lugar desde donde estaba observando. A días de la función ha persistido una extraña tristeza cada vez que me topo con plantas en maceteros. Y por otra parte, inevitablemente comenzaron a nacer una serie de comparaciones e interrogantes sobre el ser humano y nuestra sociedad. La rapidez versus la lentitud, la razón versus los sentidos, la explotación versus la colaboración, el individuo versus la colectividad, etc.

Estado Vegetal me ha dado muchas luces para pensar en estas temáticas, pero también está repleto de lugares oscuros, irracionales, dejando una sensación inquietante, una curiosidad punzante, y la necesidad de seguir profundizando en aquello. Instala la urgencia de pensar en otras formas de ser en el mundo, igual o más complejas que la nuestra, quizás bajar de la punta de esa pirámide que nosotros mismos hemos construido, porque desde ese lugar ya no estamos viendo nada.

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